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MI cuerpo, mi casa, mi templo

Hace varios años oí la frase: la primera casa que debemos aprender a habitar es nuestro cuerpo-mente.  Con el tiempo supe que esto es así al punto de llevarme a habitar, más saludablemente, tanto la casa de paredes y techo como el planeta tierra.
Que nuestro templo sea nuestro cuerpo no es lo verdaderamente importante. Esto es así aunque no lo sepamos.  Lo verdaderamente importante es cómo se llega a tomar conciencia de ello.
Por lo general se cae en la cuenta de lo trascendente de estar centrado y en armonía con la vida cuando estamos parados de cara al precipicio de la insatisfacción, de la angustia, de la incertidumbre, que evidencian que estamos lejos del camino.   Aunque parezca extraño este no es el inconveniente por que, como suelo decir, si sabemos que estamos perdidos es por que conocemos dónde se encuentra nuestra casa. Lo que sí vivimos con incomodidad es el no poder saber cuál es el sendero que nos lleve allí 
Lo primero que se me ocurre es buscar la ayuda de un guía, un maestro, un terapeuta o cualquier ser humano que, amorosamente, pueda acompañarnos de regreso al origen. Esto requiere el entendimiento, por ambas partes, de algo elemental: el otro es, justamente, un guía, el mapa. No el territorio, pues el territorio, somos nosotros mismos. 
Lo paradójico de extraviarnos es que la posibilidad de volver está únicamente donde nos encontramos o, como dice una voz popular "donde está el problema, está la solución".
Comencé a comprender que mi cuerpo es mi templo realizando algunas prácticas fundamentadas en que no existe división alguna entre mente, cuerpo, espíritu y universo. Estas prácticas nos empujan todo el tiempo a que vivamos haciendo y no divagando. Es preciso poner el cuerpo y sobretodo estar firmemente dedicados a conocer cómo funciona nuestra mente.
Como dice el Monje Budista Mathieu Ricard "la gente pasa mucho tiempo ocupada en el gimnasio y en los centros de estética para rejuvenecer su cuerpo pero no dedica nada de su tiempo en comprender cómo funciona la mente que es donde radica la causa de nuestros conflictos, ya que todos vivimos como pensamos y mientras no seamos concientes de cómo pensamos, nuestras vidas estarán corriendo en busca de una felicidad ilusoria del mismo modo que el conejo corre tras la zanahoria".
Por esta razón cuando pude comprender que la cosa no se reducía a “esculpir mi cuerpo” sino a comprender mi mente, me ocupé de ver cómo llevar esto a la práctica. Ahí aparece en escena la meditación. El ZAZEN como se dice en el Budismo japonés.
Normalmente, cuando nos proponemos hacer algo, esperamos que las cosas se dirijan hacia donde queremos, que todo sea como nos gustaría y que encaje según lo previsto.  Es fácil entender esta actitud pues somos criados y educados en términos de pérdidas y ganancias.  Al actuar bajo este condicionamiento caemos sistemáticamente en la trampa de suponer que al obtener lo que deseo alcanzo la felicidad. Unos pocos minutos o días después, descubrimos que nuestra vida continúa, igual que siempre, tratando de llenar un saco constantemente roto.
Que todos deseemos una casa, un trabajo, un auto, dinero, ropa, relaciones etc., no es el problema. El problema se presenta a causa de no comprender que todo: cosas, objetos, amores, vidas, es impermanente, finito como nosotros mismos. Este desconocimiento nos conduce a aferrarnos denodadamente  a las cosas consiguiendo sólo sufrimiento, insatisfacción, egoísmo, vanidad, orgullo y mil pesares más.
Lo mismo ocurre con nuestros pensamientos. Surgen de la nada, crecen, nos ahogan y dictaminan nuestro accionar sin siquiera notarlo. Y esto es a raíz de creer que son tangibles y concretos.  Al sentarnos en Zazén estas actitudes se evidencian sin que sea diferente de lo que nos pasa el resto del día.
Ahora bien, la tarea es observar el pensamiento sin pretender poner la mente en blanco ni de ningún color en especial por que la función natural de nuestro cerebro es pensar. Observamos dicho pensamiento sin calificarlo,  dejándolo pasar, dirigiendo la atención a la postura y a la respiración.   Cuando esto sucede percibimos cómo el pensamiento se disuelve y con él su supuesta importancia.  Por lo tanto me pregunto: Que es lo importante? Lo que pienso, o las cosas como son?.              Si lo importante es lo que pienso, las cosas serán de ese modo. Parcializadas, divididas, sopesadas en términos de pérdida o ganancia, como señalaba anteriormente. ¿Por qué? Porque no existe un pensamiento objetivo, unificador y que lo abarque todo          Esto se debe a que  están construidos de ideas, conceptos, prejuicios, creencias... Por lo tanto no hay ahí un todo sino partes.  Este accionar es el resultado de creer que somos seres independientes y autosuficientes, que nos bastamos solos cuando la verdad es que todo y todos existimos y somos únicamente en relación con todo lo demás.                                                                        Esto es así no por dogma  sino por la ley natural de interdependencia o interrelación.
No hay separación real ni división posible. Todo es energía manifestándose, moviéndose, transformándose.
Entonces, ¿cómo accedemos a la conciencia de que nuestro cuerpo es nuestro templo? La respuesta, y perdón ser tan  redundante, es: Conociendo nuestra mente, donde comprobaremos que podemos vivir y pasar por variadas situaciones y roles sin tener que apegarnos a nada ni a nadie, pues se trata de soltar, dejar ir, partir, terminar, por que todo es cíclico, finaliza, tiene fecha de caducidad auque no la veamos escrita en el dorso de nada. De esta manera confirmaremos que se necesitan muchas menos cosas  de las que creemos, que comprendiéndome comprendo a los demás, que se empieza a responder más desde la espontaneidad que desde la reacción (movimiento condicionado del pasado) permitiéndonos reconocer lo ilusorio de lo real, transmutando el stress en calma, la ansiedad en tranquilidad y lo más relevante: abandonando el yo para que asome el ser.
Por qué digo que al comprendernos comprendemos?.  Respondo preguntándoles: Acaso mis emociones son diferentes de las de ustedes?. Mi tristeza, enojo, miedo, ansiedad son distintos  por que soy hombre, rubio o argentino?. De seguro que no.  Entonces ¿donde están las diferencias?. 
En nuestros pensamientos discriminatorios, en lo que creemos. De ahí la vida que nos creamos.
Por lo tanto, cuando nos dedicamos voluntaria, constante y pacientemente a saber quiénes somos en realidad sentándonos en zazén, caminando, comiendo, trabajando o relacionándonos con las diferentes formas de vida,  es el momento en donde comenzamos a verificar el traje, el hábito, el ego o personalidad que nos hemos ido confeccionando a lo largo de los años, sintiendo cuánto de ello es sincero y cuánto prefabricado.
Con esto vamos aclarando el andar y el ver, tomando conciencia que al igual que nosotros, todos y cada uno de los humanos estamos queriendo exactamente lo mismo: ser felices y no sufrir.  
Lo que nos diferencia, en todo caso, son los métodos usados para lograr lo uno y evitar lo otro. Métodos implantados a partir, insisto, de una interpretación parcializada de la realidad y producto del condicionamiento mental. Condicionamiento moldeando desde nuestra infancia, pasando por la escuela y sumergidos en una sociedad que, por miedo e ignorancia, a dictaminado lo correcto de lo incorrecto, lo moral de lo inmoral, lo que se espera de cada uno y lo que no, o sea,  robots respondiendo a lo establecido y casi nunca a lo que genuinamente amamos.                                         El secreto, si se puede decir así, es escuchar lo que sentimos. De verdad, sin salir corriendo a “distraernos” por que nos duele eso que se mueve en nuestro templo, casa, cuerpo. Escuchar atentamente y no recurrir a una batería de justificaciones que no hacen más que reafirmar nuestra personalidad, nuestro yo o ego, obstaculizando la vía o el camino hacia nuestro ser y hacer natural.
Repito: escuchar, comprender, aceptar y, sobre todo y más que nada,  practicar la atención a uno mismo. Paso a paso, dándonos tiempo, siendo perseverante, tomando conciencia de los mecanismos auto defensivos. Reflexionar y exponer al guía, maestro o terapeuta, las cosas que vamos descubriendo. Perdonando (pasado), agradeciendo (presente), sin acumular deseos (futuro). Que lo aprendido no se quede en la teoría para poder fluir con la realidad.
En pocas palabras, haciendo lo que hay que hacer por que de lo contrario, si todo se limita a entender y racionalizar lo que aquí comparto con ustedes o aquello de lo que nos vamos dando cuenta, nada cambia, nada se transforma y sólo estaremos intercambiando figuritas  apoltronados en el mismos lugar de costumbre: el de la infelicidad y la insatisfacción.
Hacer lo que hay que hacer desde la sinceridad de un cuerpo, palabra, acción, en unidad consigo mismo y con el todo, sabiendo que el camino no es diferente de la meta por que en realidad no hay meta ni un lugar donde llegar, algo que obtener por que ya somos conciencia, luz, sabiduría. Sólo precisamos despertar, recordar (volver al corazón) sacando lo que sobra, lo que no nos pertenece y, por favor, sepan que no precisamos ir a ningún sitio para esto. Todo está aquí, precisamente donde nos encontramos, en nuestra casa, en nuestro templo, en nuestro cuerpo.

Buen KI para todos.

 
   
  CLAUDIO DANIEL RIOS      arriba
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